Mascotas robot: cómo funcionan los nuevos compañeros que no necesitan paseos, alimento ni veterinario
Las mascotas robot buscan ocupar un lugar que hasta ahora parecía reservado a los animales reales: ofrecer compañía, generar apego y formar parte de las rutinas de una persona. La diferencia es que no necesitan alimento, paseos ni atención veterinaria y pueden incorporar sensores, cámaras e inteligencia artificial para adaptar su comportamiento.
“Parece que queremos tener todo lo bueno de las mascotas, el cariño que nos dan, la sensación de empatía, el cuidado, sin nada de todos los dramas”, resumió Tomás Balmaceda en su columna en Infobae TV.
El desarrollo coincide con dos transformaciones sociales: una población que envejece y un aumento de los hogares unipersonales. “Estamos viviendo mucho más que antes y estamos viviendo, además, más solos”, señaló el filósofo.
Las mascotas robot incorporan sensores e inteligencia artificial para ofrecer compañía sin requerir alimento, paseos ni atención veterinaria.
Moflin: una mascota que no camina ni habla
Uno de los modelos más particulares es Moflin, desarrollado por Casio. Tiene aspecto de pequeño animal de peluche, pesa unos 250 gramos y no camina, no tiene pantalla ni permite mantener conversaciones.
Su funcionamiento depende de sensores de movimiento y sonido que registran la interacción con su dueño. A partir de esos estímulos, el dispositivo modifica su comportamiento y desarrolla una personalidad propia.
“Moflin puede tener hasta cuatro millones de personalidades”, explicó Balmaceda.
El robot se carga sobre una base con forma de cama y su precio ronda los USD 421. Su propuesta no consiste en imitar físicamente a un perro o un gato, sino en generar un vínculo a partir del contacto y la respuesta a los estímulos.
Las mascotas robot plantean interrogantes sobre la dependencia emocional cuando su funcionamiento depende de actualizaciones, mantenimiento o suscripciones (foto: REUTERS/Steve Marcus)
RoPet: un perro robot con inteligencia artificial
RoPet se acerca más a la imagen tradicional de una mascota. Tiene forma de perro e incorpora cámara, reconocimiento facial y reconocimiento de voz.
La diferencia está en su capacidad para mantener conversaciones. “Tiene incorporado ChatGPT, tiene una API de ChatGPT, entonces puede conversar con vos”, explicó Balmaceda.
El dispositivo fue financiado mediante crowdfunding y, según señaló el filósofo, consiguió 1.134 aportantes en menos de 24 horas, principalmente en Hong Kong.
Pero las mismas funciones que permiten que RoPet interactúe con una persona también generan dudas sobre la privacidad. Una mascota capaz de escuchar, reconocer rostros y registrar imágenes introduce dentro del hogar un dispositivo que puede recopilar información personal.
El robot reproduce aproximadamente el tamaño y el peso de un perro labrador y cuenta con sensores táctiles, micrófonos, acelerómetro y giroscopio. Puede utilizarse para generar rutinas de compañía y, según explicó Balmaceda, incorporar funciones vinculadas al cuidado, como recordatorios de medicación o alertas ante determinadas situaciones.
“No fue pensado estrictamente como un animal de compañía, sino como una forma de acompañamiento para personas que tienen Alzheimer, demencia o adultos mayores que están solos”, señaló.
En este caso, incluso se decidió que el robot no caminara de manera autónoma. La explicación fue práctica: sus desarrolladores consideraron que podía convertirse en un obstáculo para personas con dificultades de movilidad.
Un mercado que crece alrededor de la soledad
Detrás de estos productos existe un mercado que busca ampliar su alcance más allá de los juguetes tecnológicos. Balmaceda mencionó proyecciones según las cuales el mercado de las mascotas robot pasaría de USD 438 millones a USD 682 millones en 2031.
La cifra puede crecer considerablemente si estos dispositivos se incorporan al cuidado de adultos mayores. Para ese segmento, el filósofo citó estimaciones que ubican el mercado en unos USD 5.600 millones para 2033.
La idea no es completamente nueva. Balmaceda recordó el caso de Paro, una foca robot utilizada en geriátricos de Japón, sobre la que existen estudios que registraron efectos positivos en algunos usuarios. Sin embargo, aclaró que todavía no hay evidencia científica suficiente sobre los modelos más recientes.
Privacidad y dependencia: las dudas que plantean
La promesa de una mascota que nunca se enferma, no necesita comida y puede adaptarse permanentemente a su dueño también tiene un costo: la relación está construida sobre un dispositivo.
“No hay reciprocidad. El robot no necesita que nosotros le demos nada, porque todo el tiempo nos entrega”, sostuvo Balmaceda.
El mercado de las mascotas robot podría pasar de USD 438 millones a USD 682 millones en 2031, según proyecciones citadas por Balmaceda (foto: REUTERS/Tingshu Wang)
Eso plantea interrogantes sobre la dependencia emocional, especialmente cuando el funcionamiento puede estar atado a actualizaciones, mantenimiento o suscripciones. Si el dispositivo se rompe o deja de recibir soporte, el usuario podría perder de un momento a otro aquello que había incorporado a su rutina.
La privacidad es otra de las grandes preguntas. Cámaras, micrófonos y sensores permiten que estos robots conozcan aspectos de la vida cotidiana de sus dueños que una mascota real jamás podría registrar.
El avance de las mascotas robot, entonces, no se limita a crear animales artificiales cada vez más realistas. La industria está desarrollando dispositivos capaces de ofrecer compañía, reconocer a sus usuarios y participar de sus rutinas.
La pregunta ya no es solamente si un robot puede parecerse a una mascota, sino qué tipo de vínculo puede construirse cuando la compañía deja de depender de un ser vivo y pasa a estar mediada por tecnología.
(Fuente: InfoBAE)
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